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Cuando la maternidad se vive en soledad


Photo by Anna Pritchard on Unsplash

Por Shoshana Hernández


¿Recuerdas los sentimientos que surgían en tu adolescencia cuando encontrabas, por fin, amigos que coincidían con tus gustos, pasiones y habilidades? Parecía que, entre tanta incomprensión, existía gente con la que podías identificarte y compartir experiencias sobre ciertos temas. Era un sentido de pertenencia en una comunidad.


Traigo ese recuerdo a tu mente porque hace unos días leí un proverbio africano que dice: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Inmediatamente pensé en la maternidad y en la frecuencia con la que ésta se vive en soledad.


Cuando la mujer asume el papel de madre ¿A qué tribus pertenece?, ¿Quiénes, en sus círculos cercanos, pueden comprenderla?, ¿Dónde está su sentido de pertenencia?


La llegada del hijo(a) trae, por naturaleza, cambios. El cuerpo, los horarios, las tareas: todo cambia. Y son tan rápidas esas modificaciones de la vida que pocas veces hay un espacio para detenernos y preguntarnos cómo nos sentimos.


Al iniciarnos como madres, el bebé y las preocupaciones entorno a él nos absorben, reduciendo —aun más de lo que ya lo hace el simple hecho de ser adulto— el tiempo disponible para salir con amigas, familiares y demás seres queridos.


Entonces, esos sentires se van acumulando dentro de nosotras y nos llevan a más preocupaciones que no pueden ser expresadas. Si tu madre, abuela, tía o prima ya pasó por un embarazo o los primeros años de un niño, quizá puedas acudir a ellas para preguntar no sólo dudas relacionadas con el bebé, sino, además, con tu nuevo cuerpo y adaptación a tu nueva vida.


¿Y si esas figuras no son cercanas? ¿Con quién se puede soltar todas inquietudes que surgen cuando llega el momento de la crianza?


La unión en un mundo que insiste separarnos

Aquel proverbio tiene razón: se necesita una tribu para educar a un niño, personas que estén ahí y nos entiendan porque se identifican. Otras como nosotras que también pasan por angustias similares: ser una “madre perfecta”, preparar al niño para este mundo cambiante, proponer nuevos modelos educativos para formar seres humanos distintos o cualquiera de las miles preocupaciones que invaden en la crianza.


Lograr eso puede ser complicado por dos razones, principalmente: A veces, las relaciones de amistad que existían previo al bebé no lograrán comprender lo que sucede si éstas no han iniciado el viaje por la maternidad. Y, por otra parte, vivimos en una actualidad que no quiere visualizar comunidades; es conveniente mantener a los individuos lejanos y poco empáticos.


Pese a ello, es posible. La unión entre mujeres en distintos terrenos ha sido más que evidente y la maternidad no es la excepción. Es momento de configurar más espacios que permitan encontrarnos con otras madres para guiarnos juntas hacia una educación llevada en colectividad. Necesitamos de la unión con las otras para crear nuevas maternidades. Esto no sólo sería una liberación individual como mujeres, también significaría un acto rebelde frente a esa supuesta imposibilidad de crear comunidades.

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